Fuente de Cantos, Badajoz. Catorce grados a temperatura ambiente. A pocos días de la anunciada comparecencia en la peña de Manuel de la Tomasa, andamos con la escucha del nuevo y segundo disco de un guitarrista joven, premiado y con buenas ideas: David Carmona, a quien ya escuchamos con sumo interés en fecha no lejana, en Casa Patas y acompañando a José Enrique Morente. Familia de Morenito de Íllora y discípulo de Manolo Sanlúcar, su productor en este álbum, de quien ha sido segunda guitarra y que se refiere a él como “mi único heredero”, Un sueño de locura ha sido publicado -quien tuvo, retuvo- por Nuevos Medios y cuenta el concertista como colaboradores en él con Estrella Morente, Arcángel, Carmen Molina y Tino Di Geraldo. La portada, observando el músico el cabezal de su guitarra como quien mira la hora acordándose de Rodin, la firma Pedro Walter.
Con su taranta Obsesión y su Motivo impertinente por bulerías aún acariciándonos los oidos, vamos al Hotel Rural La Fábrica, donde tomamos el café de la mañana y recibimos del cartero un grueso envío que, debido a la cantidad de cinta de embalar que lo ciñe, tardamos cosa de media hora en poder abrir. Nos trae el segundo volumen -dedicado a la egregia figura de Manuel Torre– de la Colección Carlos Martín Ballester. Como le acompaña el primero, consagrado a Chacón, que fue otro peso pesado, no puede extrañar lo aparatoso del paquete.
Por este libro, debido a un gran aficionado que siempre denota buen gusto en la programación de conciertos en el Círculo Flamenco de Madrid, me entero de que, al parecer, a Manuel Torre no le apodaban así sus coetáneos por su alta estatura, sino por haber su padre trabajado durante bastante tiempo en una finca llamada Las Torres, de donde habríamos de invocarle como Torres, y no Torre… Además, de que fue inscrito en el registro de nacimientos no como Manuel Soto Loreto, sino como Manuel Soto Leyton. Debe ser que los varios familiares de Manuel Torre -yo le sigo llamando así- a quienes conozco, todos Loreto de primero o de segundo en el carnet de identidad, se apellidan en realidad Leyton y no lo saben. La foto aquí incluida del padre de Manuel Torre da fe de su insólito parecido con mi amigo Miguel Loreto, capataz del Cristo de la Sentencia de Sevilla, aunque su parentesco con el gran cantaor le venía por la madre, y no por el padre de éste… En fin.
El texto de Martín Ballester viene a ser una cronología de la vida artística de Manuel Torre coloreada por el jugoso anecdotario debido a sus hijas Amparo y Maria, a Pastora Pavón, Juan Talega, Antonio Díaz-Cañabate, Antonio Mairena, García Lorca, Valderrama, Pepe de la Matrona, Vallejo… y por una galería de imágenes y recortes de prensa que es una delicia recorrer en esta edición cuidada con exquisito tacto. Las ilustraciones nos devuelven a ese mundo extinto en que aristócratas, lidiadores y otros melómanos -Pepe El Algabeño, Felipe Murube, Sanchez Mejías…- convocaban en sus casas y fincas a lo más granado del flamenco -Manuel Torre, Chacón, La Niña de los Peines, La Macarrona, La Malena, La Pompi, El Gloria, Ramón Montoya, Manolo de Huelva…- para alumbrar fiestas inolvidables por quienes en ellas participaran, como la celebrada por los Gallos en honor de Margarita Xirgú (dos de los que aparecen en la foto son, diría yo, Benavente y Guerrita). El paseo visual revive ante nuestros ojos el Concurso de Cante Jondo celebrado en 1922 y en Granada merced a Zuloaga y Falla, los primeros pasos como cantaor y empresario de Manolo Caracol, el debut profesional de Manuel Torre a los catorce años, su paso por el Price junto a Carmen Amaya, su debut madrileño en El Brillante junto a Pastora y Chacón, la gala de entrega de la Llave de Oro a Vallejo, las giras de los flamencos de plaza en plaza de toros o la velada organizada por Sánchez Mejías en la que los poetas del 27, disfrazados de moros, recitaron sus versos en Pino Montano con paradas para escuchar las estremecedoras siguiriyas de Manuel Torre o constatar si Fernando Villalón lograba hipnotizar a Alberti.
Completan la obra un texto más literario de José Manuel Gamboa, aderezado con sus impresiones personales, atendibles por norma, y otro de Ramón Soler Díaz y Norberto Torres Cortés, este de carácter técnico y cuyos autores se detienen en el escaneado en detalle de cada corte grabado en pizarra por el genio: a qué tono estaba la guitarra, si podía ser de Esteso o de Ramírez, quién fue el cupable del carraspeo de fondo registrado junto a tal letra por soleá… El aficionado puede estudiar con toda tranquilidad estas disquisiciones arqueológicas escuchando la discografía completa del enorme artista, incorporada al libro en dos compactos hincados en alforjas adosadas al dorso de la contraportada.
Aventurero en el amor, hombre de borriquito, oloroso y galgos, conocido desde sus comienzos como el rey del cante gitano, Manuel Torre fue la referencia y el ídolo sin rival de cuantos -más jóvenes que él- le escucharon templarse y arrasar, y su misterio permanece inviolable e inmune al paso de tiempo, pues no es arcano de los que se desvelan con documentos de archivo o testimonios sonoros, aunque sean tan de valor como los dos discos aquí aportados. Hay cosas que, de no vivirse, se quedan en eso, en misterio alimentador de leyendas y sueños, y precisamente en su inaprehensibilidad reside su grandeza. A tenor de las voces de su época llegadas a nosotros, era relativamente habitual que, cuando a Manuel Torre le pillaba bien, Chacón y otros se rasgaran la camisa o se rompieran una botella en la propia cocorota y, acto seguido, trataran a modo de homenaje a Manuel de arrojarse por la ventana, consecuencia sin duda de un éxtasis tanto artístico como etílico y producto del agotamiento. Escuelas gnósticas de toda Asia han buscado, en efecto, desde tiempo inmemorial la Iluminación gracias, entre otras cosas, a la interrupción sostenida del sueño. Y téngase en cuenta que, en aquellos años, en el marco de la juerga, se consideraba normal, por ejemplo, que Chacón, metido de fiesta en Los Gabrieles desde hacía quince horas, mandara a Manuel Torre -a la sazón en Sevilla- aviso de que tomara el tren y acudiese, y que, ni corto ni perezoso, Manuel Torre se bajara en Atocha tras casi un día de viaje, se incorporara a la reunión de arremangados sentados sobre cajas de vino, que seguían a espera de que él llegara, y, doce horas más tarde, cantara. Entonces… Pues eso: alguno, arrebatado, se iba derecho y con la mirada perdida hacia el balcón.
Esto sucedió una vez en el Colmao Sevilla de la calle de Echegaray -hoy, El Burladero– propiedad entonces del banderillero Magritas, y la cosa no acabó como el rosario de la aurora porque a Chacón lo sujetaron a tiempo. No sé si para bien o para mal, lo de tirarse por la ventana es cosa que ya no se lleva, a lo mejor porque -al menos, a tenor de mi larga experiencia- las juergas suelen celebrarse siempre en sótanos y plantas bajas. Y hombre, está claro que el don de Manuel Torre es nobiliario rango con el que Dios no bendice a mucha gente. Por eso, quien lo escuchó, jamás olvidó el impacto causado por aquel doliente eco en su corazón de noctámbulo.
Dentro de nada, por cierto, hay en Fuente de Cantos carreras de perros. Madruguemos, pues. Y, con nuestra asistencia y una copita de aguardiente de amanecida, honremos a nuestro humilde modo la memoria, el duende y la imperecedera leyenda de aquel galguero que peleara la siguiriya con estertores de cisne herido al atardecer…



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